—¿Qué quieres decir? —Alejandro frunció el ceño. No tenía paciencia para rodeos—. ¿Viniste a soltar estupideces?
Domingo no respondió; sonrió leve.
—Hace mucho que los hermanos no hablamos. ¿Por qué no vamos a mi sitio y conversamos?
La sonrisa se le borró de golpe. Alzó la mano y, desde la puerta del camarote, irrumpieron varios tipos fornidos. Entraron sin decir palabra y se abalanzaron sobre ellos.
—¡Alejandro! —Luciana fue jaloneada y separada de él; lo buscó con la mirada, pálida.
—¡Domingo