Para no lastimarla, Alejandro no se atrevió a apretarle fuerte; Luciana seguía sin reaccionar. Pensó si no sería una bajada de azúcar: el río la había dejado sin fuerzas.
Como no había dulces a mano, fue a la cocina, abrió un frasco de azúcar blanca y llenó una cucharita. Con una mano le abrió suavemente la boca; con la otra le dejó el azúcar sobre la lengua.
Nada. No despertó.
No podía permitir que siguiera con la ropa empapada y helada. La alzó y la llevó al baño. Dudó unos segundos y empezó a