—¿Eh? —Luciana, por reflejo—. Estoy bien.
—¿Eso te parece “bien”? —Martina alzó la mano y le secó las lágrimas—. Mírate cómo estás llorando.
¿Llorando? Luciana se tocó la cara: la tenía empapada. Ni lo había sentido.
—Luci —Martina le envolvió las manos frías—. A estas alturas, angustiarte no ayuda. Tienes que resistir.
La mirada de Luciana quedó perdida. No reaccionaba.
—¡Luci! —Martina se mordió el labio, arrepentida de haberlo soltado así—. Piensa: Alejandro es fuerte. Ya lo apuñalaron, ya le