—Alejandro. —Al pasar junto a él, Domingo lo detuvo.
Alejandro bajó la mirada, manos en los bolsillos.
—¿Qué quieres?
¿No debería estar ayudando?
—Ganaste —sonrió Domingo—. Aunque ya lo sospechaba: no caes tan fácil.
—¿Vienes a decirme felicidades? —a Alejandro le pareció tan absurdo que soltó una risa seca—. Va, gracias.
Se inclinó, apoyó ambas manos en el respaldo de la silla de ruedas.
—¿Tanto tiempo para idear una jugada tan sucia? ¿Eso es todo lo que tienes?
Soltó el respaldo y se fue.
***