—¡Alba!
Luciana dio un respingo: temía que Fernando no tuviera fuerza y se lastimara con el peso de la niña… o, peor, que se cayeran los dos. Pero Fernando ya había alcanzado a Alba y la alzó.
Al incorporarse, vaciló un segundo sobre los pies.
—Fer… —Luciana estiró la mano para sostenerlo.
—Estoy bien —la detuvo con una sonrisa suave. Respiró, acomodó el peso y quedó firme.
Luciana soltó aire y le devolvió una mirada de ánimo.
Alba, pegada al hombro de Fernando, ajena al pequeño drama de los adu