Fernando la sostuvo por los hombros.
—Siéntate un momento. Si te levantas tan de golpe, te vas a marear.
—Está bien.
Fernando se volvió y trajo un tazón.
—Debes tener hambre. Toma primero esta sopita.
—¿Esto…? —Luciana reconoció el tazón—. Es de tu casa.
—Mi mamá vino —explicó—. La llamé.
Mientras Luciana dormía, Victoria se había asomado con un termo de sopa. Al verla descansar, no quiso molestar.
—Qué pena con la señora Victoria —frunció el ceño Luciana.
—Nada de pena —Fernando negó, con una s