Luciana y Marc también tenían que ir a trabajar; se quedaron un rato y se despidieron.
Antes de irse, Marc le acomodó el cabello a su hermana.
—Cuando salga del trabajo, vuelvo.
—Ajá —sonrió Martina, con los ojos hechos media luna.
Salvador los siguió unos pasos, como si también fuera a irse; a los segundos dio media vuelta, entró directo a la habitación y cerró la puerta.
No arrastró la silla: se sentó al borde de la cama y le tomó la mano.
—Martina, ahora estoy muy enojado.
—¿…Por qué? —se des