—¿Mm? —Alejandro volvió en sí y recuperó su porte frío, impecable—. Vamos.
—Oh… va.
Juana lo miró de reojo: hacía un segundo él había sido otro, como si un recuerdo tibio le hubiera rozado la memoria y lo hubiera envuelto en una luz suave.
¿Qué recordaste… o a quién?
A esa hora la pastelería estaba casi vacía. Apenas cruzaron la puerta, vieron a Luciana haciendo fila: las tartaletas de crema seguían en el horno y tocaba esperar.
A Alejandro le bastó verla de espaldas para que los ojos se le oscu