—Marti…
—¡Frena, frena!
Martina no soportaba más sus excusas; sólo quería bajar del carro. Desesperada, jaló la manija. Para su sorpresa, ¡la puerta no estaba con seguro!
Ni lo pensó. El cuerpo le ganó a la cabeza: empujó la puerta y saltó.
—¡Marti!
Salvador rugió, con los ojos desorbitados.
La tenía enfrente; casi alcanzó a agarrarla, pero no llegó.
Martina salió disparada del carro, lanzada muy lejos por la inercia. Con el golpe y el raspón contra el asfalto, un dolor punzante le atravesó el c