Él la levantó en brazos y salió afuera.
En la mesa del comedor, el desayuno ya estaba servido.
Salvador la sentó en la silla y empezó a darle de comer con el tenedor, como si fuera una niña incapaz de valerse por sí misma.
—A ver, abre la boquita. Eso, come.
Martina bajó la mirada; sin verlo, abría la boca de manera mecánica.
Al poco, llegó gente.
Era Manuel Pérez, con otras dos personas.
—Señor.
—Ajá. —Salvador asintió y señaló hacia adentro.
—Saquen las maletas. Lo demás no lo toquen: todo irá