El ruido era insoportable; con aquella voz retumbándole en los oídos, Martina tuvo que alejar el celular de la oreja.
Al no obtener respuesta, Salvador se impacientó aún más.
—¿Marti? ¿Sigues ahí? ¿Por qué no hablas? ¡Martina!
—¡Qué lata…! —murmuró ella, conteniendo las ganas de poner los ojos en blanco. Acercó de nuevo el teléfono—. ¿Puedes bajar la voz? Me vas a reventar el tímpano; es muy tarde y vas a despertar a todo el edificio.
Si Salvador decía que no la encontraba, seguramente estaba pa