—Llegamos —anunció Alejandro sin moverse del asiento—. Mi pierna no coopera; y aunque cooperara, supongo que no me necesitas… Baja tú sola, ¿sí?
—Gracias, yo me bajo.
Luciana abrió la puerta y descendió. Él la siguió con la mirada, pero no bajó el cristal.
Pasaron varios segundos, hasta que su figura desapareció calle adentro; solo entonces el chofer se atrevió a preguntar:
—¿Nos retiramos, señor Guzmán?
—Sí, vámonos.
Mientras el auto se incorporaba al tráfico, Alejandro meditó un instante y sac