¡Claro que sí!
¡Fue él mismo quien le puso la tentación en las manos! Se reprochaba su propia ingenuidad, despreciaba la ruindad de Mónica y maldecía al destino por jugarle así.
De un tirón soltó su muñeca y, apretando los dientes, le gruñó:
—¿Dónde está mi pasador? ¡Devuélvemelo!
¿Con qué derecho una impostora lo había llevado puesto todos estos años?
Mónica, con los ojos enrojecidos, temblaba de pies a cabeza.
—¿No me oíste? ¡Dámelo!
—S-sí… —la voz se le quebró; corrió al dormitorio y volvió c