Al abrir la puerta se quedó petrificada. ¿Sería que el insomnio le estaba provocando alucinaciones?
—¿A-A… Alejandro?
Ni en sueños se habría atrevido a imaginar que él aparecería en su casa.
Alejandro se plantó en el umbral, erguido, apoyado en su bastón; dio un paso y entró en la sala.
—Tú… —balbuceó Mónica, al borde de un ataque de nervios—. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café? Tengo unos granos excelentes…
Antes de que acabara la frase, él se volvió de golpe: su mirada era un filo de acero que se c