—¡Mamá! —Alba estaba impaciente—. ¿Sí o no? ¿Tendré papá?
Luciana miró aquellos ojazos contradictorios de ilusión y miedo; luego miró a Alejandro, cuyo corazón se asomaba por la mirada.
El pecho le pesó… pero, al fin, asintió.
—Sí.
—¡Guau! —Alba se escurrió de sus brazos y corrió a Alejandro—. ¡Tío, es de verdad! ¡Estoy feliz!
—Y yo más —la alzó con cuidado; su alegría no era menor.
Luciana, contemplando a padre e hija riendo abrazados, volvió el rostro; la felicidad de ambos le dolía como un pu