Sus ojos mezclaban desconcierto y candor.
—Si quieres… pellízcame.
—¿Mm? —Luciana parpadeó, voz baja y dulce—. ¿Para ver si duele?
—Ajá —asintió con gesto atolondrado—. Dicen que, si sueñas, el dolor no se siente.
—Ya veo… —a ella se le anudó la garganta. Las yemas le temblaron al rodearle el rostro y, en lugar de pellizcarlo, lo besó.
Alejandro abrió los ojos de par en par: ¿la estaba besando?
Luciana cortó el contacto enseguida; temía dificultarle la respiración ahora que el veneno seguía purg