Al momento de soltar a Alba sobre la cama, todavía sin quitarle del todo los brazos, sus labios se fruncieron y volvió el llanto:
—Uu… uu…
—Papá está aquí. —Alejandro la apretó contra su pecho. La pequeña ni abrió los ojos, pero el sollozo se apagó al instante.
Doña Elena se quedó boquiabierta y solo pudo suspirar: la niña necesitaba oler a su papá para sentirse a salvo.
—Vaya a descansar, Elena —indicó Alejandro con un leve gesto.
Ella vaciló: él no había probado bocado y, con la niña pegada, t