Sabía que ella había estado en casa de los Domínguez.
Al verla así al volver, supuso que se debía a Fernando.
—No —negó Luciana—. Él está bien.
—Entonces es cansancio —no insistió—. Vamos arriba a descansar temprano.
Ella no dijo nada y lo dejó guiarla hasta la habitación principal.
—Voy por ropa; te ayudaré a ducharte.
Sus heridas ya habían cerrado; podía darse una ducha rápida.
Luciana se volvió hacia el vestidor, pero Alejandro no soltó su mano.
—No hay prisa —la sentó en el sofá—. Aún es tem