El rostro de él perdió color; la mandíbula, tensa. —Te fallé.
Luciana no lo negó. —Siendo sincera, sí.
Él tragó con dolor. —¿Y ahora? Sé que aún falta, pero puedo esforzarme…
—No.
Lo miró sin desviar la vista.
—Tú eres un gran hombre y me tratas muy bien, lo sé.
Entonces, ¿dónde estaba el problema? Él no lo entendía.
Con desesperación le tomó la mano: —Si lo reconoces, quédate. Dame una oportunidad más; usaré mi vida entera para demostrarte que no te equivocas. ¿Sí?
—Alejandro.
Pronunció su nomb