El silencio congeló la sala. Por fin, el fiscal cedió con un suspiro.
—Está bien. Tienes argumentos de peso. Buscaremos otra ruta.
—Gracias —Alejandro inclinó la cabeza—. Y perdón por las molestias.
—Nada que perdonar —palmeó el hombro del empresario—. Es bonito ver cuánto cuidas a tu mujer.
Acto seguido, Santiago giró hacia su hermano menor.
—A todo esto, Salvador, tú y Alejandro son de la misma edad… Él ya tiene una hija de tres años. ¿Tú siquiera sales con alguien?
Salvador lanzó una carcajad