Seguí presionando la herida con fuerza, pero la sangre nada que se detenía; el piso era un lío en esos momentos. Yo miré a la cara a Mikhail, él me estaba taladrando con la mirada. Sí, tal vez me había pasado un poco, pero era eso o dejar que lo mataran a golpes, y, pues la verdad, como que ya me había encariñado un poco con él.
—¿Por qué sangras tanto? —me quejé, ya me dolían los brazos por hacer presión.
—Tal vez es porque me apuñalaste, ¿no lo habías pensado? —me preguntó.
Yo me levanté y lo