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Apenas llegamos a la casa, Piero ya se encontraba allí. Me acerqué a él. Quería llorar, necesitaba consuelo, pero me aguanté.

— No te preocupes, traeré a mi nieto y a mi hijo sanos y salvos — me aseguró.

Yo respiré profundamente.

— Quiero ir contigo, quiero matarlo yo con mis propias manos — le dije.

Piero nego con la cabeza.

— No te preocupes, pequeña, él morirá, y serás tú quien lo asesine — me dijo.

Yo asentí. Eso era lo que necesitaba escuchar. Ya estaba cansada de ser la damisela en apuros
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