UNA SEMANA DESPUÉS.
Carolina me tenía como un prisionero en la habitación. Ni siquiera mi padre se había atrevido a tanto, pero ella insistía cada vez que yo quería salir. Me daba un sermón, y no contenta con eso, ponía al pequeño demonio a vigilarme.
— Tráeme algo de agua — le pedí a Valentino, que estaba tumbado en el suelo jugando con varios juguetes.
Él negó con la cabeza de inmediato.
— Entonces iré yo a buscarla — le dije.
El pequeño se levantó de mala gana y salió de la habitación.