Y con eso, la música se convirtió en el único testigo de la pasión que los envolvía.
El reloj marcaba las seis de la mañana, Ana suspiró y se removió entre las sábanas de seda, sintiendo el cuerpo cálido de Gregory a su lado. Él la tenía abrazada, con su mano descansando sobre su cintura, y cuando ella intentó moverse, él la sujetó con más fuerza.
—No te muevas —susurra con voz ronca, todavía adormilado—. Apenas estaba empezando a soñar contigo de nuevo.
Ana rió suavemente y se giró para mirarl