La lluvia repiqueteaba con furia contra los ventanales de la mansión Blackwood, tan agitada como el estado de ánimo de Cassandra. Sostenía una taza de té ya frío, mirando las gotas deslizarse por el cristal, mientras una inquietud que se acumulaba como los nubarrones afuera le corroía por dentro — desde el incidente del hotel, el nombre de Danaé se le había clavado en el corazón como una espina.
—¡La señorita Danaé Montemayor ha vuelto! —la voz de Martha, la ama de llaves, le arrancó de sus pen