El pasillo del hotel se había convertido en el único universo que existía para Cassandra y Sebastián. Los labios de ella estaban hinchados del beso que no terminaba, y las manos de él estaban enredadas en su cabello de una manera que hacía que los horquillas cayeran al suelo con pequeños sonidos metálicos que nadie escuchaba.
Años de separación forzada, de dolor acumulado, de deseo reprimido hasta que dolía físicamente, todo explotaba en este momento robado. Cassandra lo empujó contra la pared m