La sala de conferencias del Hotel Avenida Palace era una declaración de opulencia portuguesa. Los techos altos estaban decorados con molduras doradas que brillaban bajo la luz de las lámparas de araña, mientras que las paredes estaban revestidas con paneles de madera oscura que olían a siglos de historia y dinero viejo. Cincuenta inversionistas ocupaban las sillas tapizadas en terciopelo rojo, cada uno representando fortunas que podrían comprar pequeñas naciones.
Cassandra estaba parada en el es