La casa de Nyxara estaba sumida en una calma engañosa, el tipo de quietud que precede a una tormenta inevitable. La sala, con sus muebles de tonos oscuros y las luces tenues, parecía un refugio temporal para Nyxara, que estaba sentada en el sofá, con las manos entrelazadas y los ojos fijos en el suelo. Frente a ella, en un sillón cercano, estaba su hermanastro, Xyrrion, un hombre de mirada afilada y nombre tan peculiar como su forma de ver el mundo.
Xyrrion no era el típico hermano que ofrecía