El hospital estaba envuelto en una calma artificial, el tipo de quietud que solo existe en los pasillos estériles donde la vida y la muerte se cruzan. Vaelior estaba sentado en una silla incómoda junto a la cama de Zaelith, su rostro tenso, sus manos apretadas en puños mientras esperaba noticias. Zaelith, pálida y aparentemente frágil, yacía en la cama, sus ojos cerrados, aunque una chispa de satisfacción brillaba en ellos cada vez que Vaelior no la miraba.
El médico, un hombre de mediana edad