Y mientras en Miami sucedía todo eso, un tranquilo Adams llegaba más temprano a su casa ese mismo viernes.
—¡Papiiii, mamiiii, papi está aquí! —gritó Adri, saltando sobre Adams, quien la atrapó para darle un beso.
—¿Cómo me llamaste, florecita? —la niña dudó ante la pregunta de su padre, pues si bien es cierto que él era su padre, desde que ella lo supo solo le decía Dam.
—Papi, ¿no te gusta? —preguntó algo tímida.
Adams la volvió a besar.
—Claro que me gusta, es más, hubiera querido que me lla