Cassio llegó a la oficina ese día como si cargara su propio peso sobre los hombros.
El reflejo en el vidrio de su sala confirmaba lo que Dorian ya venía insinuando: el traje arrugado, la barba sin afeitar, los ojos hundidos que delataban noches mal dormidas… o mal vividas.
Un hombre que había perdido el rumbo, y él lo sabía.
Se sentó en el escritorio, abrió la computadora, miró la pantalla… y no absorbió absolutamente nada de lo que aparecía allí.
Hojas de cálculo, informes, números.
Todo pare