En cuanto Cassio entró, Malu cerró la puerta detrás de él y respiró hondo, intentando recuperar cualquier rastro de autocontrol que aún quedara en su cuerpo.
—Bien —dijo, dando una palmada como una general lista para comandar un batallón—. Vas a empezar moviendo esa mesa hacia acá.
Cassio arqueó una ceja.
—Me gustan las mujeres que saben dar órdenes.
—Cállate y empuja la mesa.
Él rió, esa risa grave, íntima, que daba ganas de cometer pecados, y se colocó detrás de la mesa.
Malu se alejó unos pa