A la mañana siguiente, el sol apenas había atravesado las amplias ventanas de la mansión de Dorian cuando el sonido de un coche estacionando resonó en la entrada.
Segundos después, la puerta de la cocina se abrió con fuerza y Francine entró como un huracán: el cabello recogido a toda prisa, las gafas de sol empujadas hacia la parte alta de la cabeza y un notebook bajo el brazo.
—¡Malu, necesito tu ayuda! —anunció, con el tono dramático de quien está a punto de declarar la guerra.
Malu, que esta