Si alguien le hubiera dicho a Francine, unos meses atrás, que estaría en París, en lo más alto de los titulares mundiales y con un anillo en el dedo, se habría reído a carcajadas y le habría mandado a la persona a tomarse un vaso de agua.
Pero allí estaba ella, en el estudio de Vogue Francia, respondiendo preguntas en un sofá blanco que parecía diseñado para incomodar a cualquiera que llevara una falda corta.
—Entonces, Francine… —comenzó la presentadora, cruzando las piernas con una elegancia