El sonido del cierre de la maleta resonó en la habitación del hotel.
Dorian la cerraba con precisión quirúrgica, como quien empaca no solo ropa, sino pensamientos que necesitan quedarse en su lugar.
Francine lo observaba sentada al borde de la cama, abrazando su propia almohada.
—¿De verdad no puedes quedarte unos días más? —su voz salió casi en un susurro.
Dorian levantó la mirada, y la breve sonrisa que dio fue más triste que serena.
—Si pudiera, cancelaría el vuelo ahora mismo. —Se acercó y