Francine permaneció inmóvil, sintiendo el rostro arder.
Las palabras de Oscar habían atravesado el aire como cuchillas.
Por un segundo pensó en levantarse e irse.
Pero entonces vio a Dorian empujar la silla hacia atrás, lentamente, la mirada oscura fija en su padre.
El silencio se volvió absoluto, de esos que anuncian tormenta.
Dorian dejó caer los cubiertos con un estruendo que hizo que todos se sobresaltaran.
—Ya basta. —Su voz no era alta, pero tenía una firmeza que hizo que hasta el reloj e