La cocina estaba inundada de luz y aroma a especias.
El vapor se elevaba de la olla y Francine, con un delantal prestado y el cabello recogido en un moño improvisado, ya se sentía en casa otra vez.
Malu cortaba verduras con destreza, la radio sonaba con una música animada y, por unos minutos, el tiempo pareció desacelerarse.
—Mira nada más —dijo Malu, cruzando los brazos y observando las manos de Francine, que pelaban papas con cuidado—. Las manos de la madame todavía saben trabajar.
Francine a