Mundo ficciónIniciar sesiónNatan llegó a la oficina con paso firme y el pecho inflado, como si cada centímetro de mármol del vestíbulo le perteneciera.
El traje perfectamente alineado, el reloj suizo brillando bajo la luz artificial y la sonrisa de autosuficiencia completaban la imagen de un hombre que creía tener el control absoluto.
En cuanto entró en su despacho, fue recibido por la secretaria, que lo esperaba con la carpeta en las manos.
—Buenos días, doctor Natan —dijo con su formalidad habitual—. Esta tarde tendremos el primer consejo tras la escisión. En ese momento será presentado el nuevo socio, el señor Eduardo Rangel.
Natan asintió con un gesto perezoso, como si ya lo supiera todo.







