Al otro lado del océano, Malu casi dejó caer el celular cuando la notificación iluminó la pantalla. Leyó el mensaje de Francine y sintió cómo la sangre se le helaba.
“Amiga, socorro.”
El corazón se le aceleró. En segundos ya estaba escribiendo, atrapada en un torbellino de angustia:
“¿Dónde estás? ¿Qué pasó? ¿Necesitas ayuda? ¿Llamaste a la policía? ¡Dime qué está pasando!”
Los dedos le temblaban sobre la pantalla y apenas parpadeaba, esperando la respuesta como quien aguarda un diagnóstico de vida o muerte.
Malu no soportó la espera. Apretó el botón de llamada con la respiración contenida en el pecho.
El tono sonaba del otro lado de la línea, pero Francine no contestaba.
En ese exacto momento, el celular estaba abandonado sobre la mesita del living, vibrando solo, mientras Francine reía con Adele, que acababa de aparecer en la sala casi dando saltitos de curiosidad.
—¿Y entonces? —Adele abrió una sonrisa enorme, con los ojos brillantes—. ¡Cuéntamelo todo! ¿Cómo fue la sesión? ¡Quiero