Al otro lado del océano, Malu casi dejó caer el celular cuando la notificación iluminó la pantalla. Leyó el mensaje de Francine y sintió cómo la sangre se le helaba.
“Amiga, socorro.”
El corazón se le aceleró. En segundos ya estaba escribiendo, atrapada en un torbellino de angustia:
“¿Dónde estás? ¿Qué pasó? ¿Necesitas ayuda? ¿Llamaste a la policía? ¡Dime qué está pasando!”
Los dedos le temblaban sobre la pantalla y apenas parpadeaba, esperando la respuesta como quien aguarda un diagnóstico de