Malu casi dejó que el celular se le resbalara de las manos.
El corazón le latía con tanta fuerza que, por un instante, pensó en fingir un desmayo solo para no tener que explicar nada.
—¿Malu? —repitió Dorian, dando un paso al frente.
Su tono no era de impaciencia, sino de genuina curiosidad. Los ojos entrecerrados dejaban claro que quería entender qué estaba pasando.
Del otro lado de la línea, Francine se quedó paralizada.
El sonido de aquella voz grave, controlada, imposible de confundir, atravesó el teléfono como una puñalada directa a la memoria.
Apretó el aparato contra la oreja, con los ojos llenándose de lágrimas de repente.
El pecho pareció encogérsele y, por un instante, pensó que iba a desmayarse allí mismo, en el sillón de la sala de Adele.
—¿Malu, quién está ahí contigo? —la voz de él sonó más cercana, casi al alcance de su respiración.
Malu parpadeaba rápido, intentando decidir: ¿decía toda la verdad? ¿Fingía un malestar? ¿Inventaba una excusa ridícula?
Las manos sudorosas