Francine despertó con el celular vibrando sobre la mesita de noche.
El sol apenas había atravesado las cortinas cuando abrió los ojos hinchados y tomó el teléfono.
Una notificación de Lohan.
“Buenos días, estrellita de mi sábado ✨ ¿Ya pensaste en convertir esto en rutina?”
Francine sonrió sola, rodando sobre la cama.
—Ni me conoce bien y ya quiere ponerme en la pasarela todos los días… —murmuró, mientras escribía la respuesta.
“Buenos días, fotógrafo. Vamos con calma, todavía soy solo la camarera de la esquina, ¿recuerdas?”
La respuesta no tardó.
“Nada de camarera. Una modelo que el azar me regaló. Y te digo algo más: sería un pésimo profesional si dejara escapar ese talento.”
Francine entrecerró los ojos, divertida.
“Mira, si ese es tu método para convencer clientes, ahora entiendo por qué tienes tanto trabajo. Pero, en serio, gracias… todavía me cuesta creer todo lo que pasó el fin de semana.”
Del otro lado, el ícono de escritura parpadeó.
“Entonces déjame ayudarte a creerlo. Tengo