Capítulo 81. La fortaleza del amor
El pasillo del edificio de Amara parecía haber recuperado un color que ella no recordaba. El gris londinense, ese eterno compañero de sus mañanas solitarias, se había disipado bajo el peso de la presencia de Aslan. Ella todavía sentía el eco del beso vibrando en sus labios, una pulsación eléctrica que se extendía hasta la punta de sus dedos. Aslan no la soltaba; sus manos, grandes y seguras, permanecían ancladas en su cintura, como si temiera que, al liberarla, ella se desvaneciera como un espe