Lana lloró durante un buen rato. No eran lágrimas discretas ni silenciosas; eran de esas que te sacuden desde adentro, que hacen que el pecho suba y baje con un temblor que no puedes controlar. Yo la sostuve sin decir nada, solo acompañando su respiración entrecortada, sintiendo cómo cada sollozo me atravesaba como si fuera mío. Poco a poco, el llanto fue amainando, volviéndose más suave, más cansado. Sus dedos, que antes se aferraban a mí como si fuera lo único que la mantenía en pie, terminar