86• Una solución.

Volvimos a casa en silencio. O, al menos, el mundo fuera del auto lo estaba. Dentro de mí, en cambio, todo era un ruido constante, una presión amarga que me apretaba el pecho como si no quisiera dejarme respirar. El viñedo… mi viñedo… nuestro viñedo. Repetí esas palabras en mi mente una y otra vez, aferrándome a ellas como si así pudiera sostener algo que ya se estaba escapando entre mis dedos. Pero no podía. No del todo. Ya no estaba segura de nada.

Mamá había sido la única dueña de la Promesa. El último pedazo de ella que seguía en pie, intacto, lleno de la vida que había construido con tanto sacrificio. Cuando murió, todo pasó a mi nombre, pero yo siempre sentí que seguía siendo de las dos. Ese lugar era más que tierra y uvas: era su amor convertido en raíces, en hileras de vides, en historia. Era su manera de quedarse conmigo cuando ya no podía estar. Cada rincón tenía algo suyo… algo nuestro.

Y, aun así, ahora estaba en manos de un hombre avaricioso, el peor temor de mamá se hací
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