86• Una solución.

Volvimos a casa en silencio. O, al menos, el mundo fuera del auto lo estaba. Dentro de mí, en cambio, todo era un ruido constante, una presión amarga que me apretaba el pecho como si no quisiera dejarme respirar. El viñedo… mi viñedo… nuestro viñedo. Repetí esas palabras en mi mente una y otra vez, aferrándome a ellas como si así pudiera sostener algo que ya se estaba escapando entre mis dedos. Pero no podía. No del todo. Ya no estaba segura de nada.

Mamá había sido la única dueña de la Promesa
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