Me giré lentamente, aún con sus brazos alrededor de mí, y lo miré a los ojos. La luz del jardín iluminaba apenas su rostro, dibujando sombras sobre su piel. No lo pensé demasiado. Simplemente lo besé. Fue un beso profundo, intenso, de esos que parecían robarte el aliento y devolvértelo cargado de algo más fuerte.
—Bienvenido a casa —susurré, apenas separándome unos centímetros.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que me desarmó.
—Si voy a ser recibido así todos los días, empezaré a llegar