Bajé las escaleras con cuidado, apoyando un poco más el peso en la barandilla. Todavía sentía la molestia en el pie, ese recordatorio constante de que debía ir más despacio. No era un dolor insoportable, pero cada paso me obligaba a mantener la calma, y, en cierta forma, a ser más consciente de todo lo que me rodeaba.
Desde la escalera ya podía escuchar el bullicio del jardín: las carcajadas, el chasquido de la leña al arder en la fogata. Todo sonaba tan vivo que por un momento pensé que la cas