Richard me miró con esa chispa pícara en los ojos que lograba desarmarme sin esfuerzo. Sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de deseo.
—Entonces no lo haré —susurró, su voz grave vibrando contra mi piel mientras se apartaba apenas un paso.
El gesto me desconcertó, hasta que sus manos, firmes y seguras, se deslizaron hasta el nudo de mi albornoz. Con un movimiento lento, deliberado, lo desató. La tela se abrió y cayó por mis brazos, resbalando como agua hasta amontonarse a mis pies.
Me q