Me quedé inmóvil unos segundos, quizá minutos, intentando procesar cada palabra que acababa de escuchar. La idea de vivir con Richard… conmigo y con nuestro hijo… era absurda, aterradora y, de algún modo, imposible de digerir. ¿Cómo podía ser tan seguro de algo así? ¿Tan imponente y seguro en cada gesto, en cada palabra, mientras yo apenas lograba sostener mi propio equilibrio emocional?
Mi mente giraba sin cesar, dando vueltas a cada escenario imaginable: ¿qué pasaría si no me soportaba? ¿Si y