109• La bebé llegaba.

Habían pasado más de cuatro horas.

Cuatro horas interminables sin una sola noticia de Elliot.

No lograba tranquilizarme. Mis nervios estaban al límite, tensos como un hilo a punto de romperse. En mi mente solo se repetían los peores escenarios posibles, uno tras otro, sin darme tregua: Frank descubriéndolo, alguno de sus hombres reconociéndolo, una emboscada, un disparo, un grito ahogado.

En todos, absolutamente en todos, Elliot terminaba herido… o algo peor.

Caminaba de un lado a otro de la sala, incapaz de quedarme quieta. El móvil reposaba sobre la mesa, a la vista, como una amenaza silenciosa. Mis manos estaban tan sudadas que ya ni siquiera podía sostenerlo; cada vez que lo intentaba, sentía que se me iba a resbalar entre los dedos. Lo miraba como si pudiera obligarlo a sonar con la fuerza de mi voluntad.

La puerta principal se abrió de pronto.

Lana acababa de llegar. Había estado fuera unos días y, apenas me vio, frunció el ceño y caminó directamente hacia mí.

—Nora, ¿qué pasa?
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