Lo solté solo para propinarle un rodillazo en las costillas que lo dejó sin aire. Luego, el mundo se volvió un borrón de violencia. Lo golpeé una, dos, diez veces. Cada golpe era, por cada pastilla que él le suministró, por cada vez que la hizo sentir que no valía nada. Sus amigos intentaron intervenir, pero los despaché con la eficiencia de alguien que ha peleado en guerras de verdad. Uno de ellos terminó con el brazo roto y los otros dos huyeron despavoridos por la puerta.